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La Biblia, a diferencia de grandes obras escritas a lo largo de la historia, multiplica su complejidad gracias a que fue escrita no por uno, ni dos, sino por varios autores, en distintas épocas y durante diferentes tendencias sociales, políticas y religiosas.

Muchos rechazan fervientemente el estudio bíblico, pues afirman que la guía del Espíritu Santo es suficiente para una recta interpretación; la obra del Espíritu es indispensable, pero no nos libra ni ahorra la saludable tarea del estudio bíblico. Fijémonos en Pablo; dependía indiscutiblemente de la persona del Espíritu Santo, pero no dejó a un lado su conocimiento en teología, por el contrario, en su ministerio el estudio bíblico es herramienta fundamental del Espíritu para educar a la Iglesia en la Palabra.

La falta del escudriño de la biblia es causa de extravagancias religiosas y herejías.

Hay textos muy claros en las escrituras, pero incluso esos necesitan estudio exegético para su análisis y estudio contextual, ahora ¿si estos necesitan estudio, cuánto más los pasajes difíciles? ¿Cómo interpretaríamos los salmos cargados de lenguaje figurado y alegorías, a los libros proféticos o a la descripción del libro de Apocalipsis?

Podrían algunos usar 1 Jn. 2:20,27 en contra del estudio, pero ignorarían totalmente muchos otros pasajes que refieren a la comprensión de la palabra de manera no directa e inmediata sino que es necesario un intérprete, eso claramente lo vemos cuando Esdras leía y explicaba la ley delante del pueblo; Jesús, en cuanto a las parábolas, debía explicárselas a los discípulos que no comprendían; el eunuco sólo comprendió lo que decía el profeta Isaías gracias a Felipe. Y por supuesto, no olvidemos a Pedro quien afirmó que «nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición.» 2 P. 3:15, 16.

Llevar rectamente la palabra de verdad es uno de los principales deberes de todo creyente (2 Ti. 2:15), así como uno de los más grandes pecados adulterarla (2 Co. 2:17), la exégesis tergiversada de diversos pasajes bíblicos ha dado cabida a los más nefasto y blasfemo, desde que somos mini dioses, a que no necesitamos que nadie nos haga hijos de Dios.

El estudio de la palabra de Dios es imprescindible, entender con discernimiento e investigar sin desligarse de la oración, son ejercicios que manifiestan el amor a su palabra, a la pasión por su sabiduría y al alimento infaltable a nuestra alma.

Colosenses 2:8 Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.