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Padre Nuestro en Mateo y Lucas

El Padre Nuestro es la oración enseñada por Jesús a sus discípulos, transmitida en dos formas distintas en Mateo 6:9-13 y Lucas 11:2-4.

A la breve referencia a Dios como «Padre», Mateo añade el «nuestro, que estás en los cielos». A las dos peticiones de la primera parte de Lucas, Mateo añade una tercera: «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». La súplica final de Mateo, «más líbranos del mal», falta en Lucas.

Otra diferencia es el contexto. Mateo la inserta en el sermón de la montaña (5-7) como modelo de verdadera oración, contrapuesta a las de los fariseos. El contexto de Lucas tiene que ver con la frecuencia y manera de orar de Jesús, que causó tanta impresión en sus discípulos que un día le pidieron les enseñara a orar, «lo mismo que enseñó Juan a sus discípulos» (Lc. 11:1).

En términos generales, el Padre Nuestro no es una oración de alabanza ni de acción de gracias, sino de súplica, de petición: «Venga tu reino, danos el pan de cada día, perdona nuestras deudas», etc.

Padre Nuestro como modelo de oración

Durante mucho tiempo, entre los hebreos no se acostumbraba escribir oraciones para ser repetidas. Los rabinos lo prohibían, porque se trataba de una práctica pagana. Se enseñaba que la oración debía salir del corazón. Por eso el Señor Jesús dijo a sus discípulos: «Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos» (Mt. 6:7). Pero la Biblia misma reconoce que la oración no es una actividad fácil. Pablo escribió: «pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26). Juan el Bautista entrenó a sus discípulos en esta difícil disciplina (Lc. 11:1). Por eso, Cristo les mostró un modelo de oración, no un patrón para ser memorizado y repetido tal cual, sino una guía de lo que debía ser el contenido de sus oraciones.

Lo primero que se nota, es modelo de oración para el Nuevo Testamento, es el sentido de intimidad que se establece entre el orante y Dios al llamarlo «Padre». Además, todo el patrón presentado por el Señor Jesús tiene un alto sentido social. El que ora debe entender que el Dios al cual se dirige es suyo y de los demás. Por eso dice: «Padre nuestro». Por lo tanto, nadie puede pedir cosas al Padre en beneficio de uno pero desfavorable para otro. El pan que se pide es «el pan nuestro» pues nadie puede solicitarlo para si mismo si ello implica quitárselo a los demás. Lo mismo se entiende cuando se pide perdón por «nuestras deudas», porque debemos querer que Dios nos perdone tanto a nosotros como a los demás. Tampoco debemos querer ser librados de los problemas sin que el resto también quede libre. Por eso, el Señor Jesús enseñó diciendo: «No nos metas en tentación». Por otra parte, el énfasis que hace el Padre Nuestro en la segunda persona del singular, «tú», otra característica de la verdadera oración. El creyente pone la voluntad de Dios por encima de la suya. Por eso dice: «tu nombre… tu reino… tu voluntad».

Las palabras «Padre nuestro» indican la relación que debe existir entre el que ora y el que escucha la oración.

El Señor estaba hablando a aquellos que son hijos de Dios por la fe en su nombre. Podían llamar «Padre» a Dios. El pueblo de Israel reconocía que Dios era su padre en sentido colectivo, como nación: «Pero tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; Tú, oh Yahvé, eres nuestro Padre» (Is. 63:16). Lo que no tenían los israelitas era el concepto de Dios como padre de una persona. Ese sentido de la paternidad de Dios lo reveló nuestro Señor Jesucristo: «ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt. 11:27). Así oraba el mismo Señor, diciendo en arameo Abba: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa» (Lc. 22:42): «Padre, la hora ha llegado… Padre, glorifícame… Padre justo, el mundo no te ha conocido» (Jn. 17:1-25).

Sin embargo, al decir «que estás en los cielos», se reconoce que ese Dios que es nuestro Padre se encuentra más allá de todo lo creado. Son palabras que reconocen la excelsitud divina. El apelativo de Padre, aunque muestra gran intimidad, no significa que se puede hablar con Dios sin el respeto debido a su altísima dignidad. «Tú estás en los cielos… y yo aquí, en el polvo de la tierra», debe querer decir el orante. Esto indica el grado de humildad en la actitud del que hace la oración, lo cual trae como consecuencia que diga: «santificado sea tu nombre», tratando así de expresar su inmenso respeto y temor hacia Dios. Entonces, cuando oramos, debemos tener en cuenta que no podemos pedir nada que en su forma y propósito no vaya de acuerdo con Él.

Luego, el orante debe demostrar su interés preferencial por el desarrollo del Reino de Dios. Por eso dice: «Venga tu reino». Como el centro de todo el propósito divino está en la persona del Señor Jesús, la oración del creyente incluirá aquí todo lo que se relacione con la exaltación de su nombre entre los hombres.

Entonces dice: «Hágase tu voluntad». La oración es un gran misterio, puesto que Dios es soberano y su voluntad siempre se hace. No se trata, entonces, de tratar de «torcer el brazo a Dios» para que haga lo que quiere el orante, pues eso no es posible. Sin embargo, por medio de la oración el creyente expresa a Dios su deseo de estar siempre de acuerdo con esa voluntad, que es agradable y perfecta, mientras que al mismo tiempo le comunica sus propios deseos. El ejercicio de la oración y la vida piadosa irán conduciendo poco a poco al creyente a modular y sincronizar su voluntad con la de Dios. La perfección con la cual se cumple la voluntad de Dios «en el cielo» es la que desea el creyente que se realice también «en la tierra».

Entre los deseos del orante están, por supuesto, sus necesidades materiales. «El pan nuestro de cada día». La provisión que se pide es la necesaria para la subsistencia. Los que piden así son aquellos que no tienen asegurado el alimento de mañana, los campesinos sin campo, los artesanos sin trabajo rentable y, de un modo especial, los ptokhoí (mendigos). Desde esa situación oran a Dios, carentes de todo, pidiéndole vida, expresada por el «pan».

El «cada día» no implica una prohibición de pedir por las necesidades del futuro, pero sí elimina toda excusa para la ansiedad. La idea es: «danos lo necesario para vivir», que incluye comida, ropa, techo, etcétera. Pero el creyente no pide riquezas, ni siguiera abundancia: «Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto» (1 Ti. 6:8).

En la vida surgen deudas, no solo en relación con Dios (al que debemos todo), sino entre los hombres. En este caso, también está condicionado a que nosotros perdonemos a aquellos que hayan hecho algo malo contra nosotros.

«No nos metas en tentación, mas líbranos del mal» es la expresión natural del ser humano que no desea verse en problemas y pide a Dios por esa paz y por mantenerse alejado a lo que no es agradable al Señor. El padecimiento se acepta «si la voluntad de Dios así lo quiere» (1 Pd. 3:17), pero nunca debe buscarse.

Finalmente, la oración debe terminar con la alabanza. «Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.» Esta expresión denota una especie de corona del proceso de oración, que termina con un alma exultante que quiere manifestar su admiración por el Dios al cual se ha dirigido, reconociendo su excelsa grandeza.