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Fui invitado al aniversario de una Iglesia Evangélica muy humilde, de esas que están en barrios temidos y olvidados; con gusto quise ir, me sentía emocionado porque ante tanto cristiano clasista yo necesitaba una iglesia pequeña donde «el Espíritu sí se movía».

Eran las 7 pm y ya estaba comenzando todo, los de alabanzas hacían pruebas de sonido y los hermanos empezaban aplaudir; estaba muy entusiasmado al ver la congregación llena de furor y alegría. Empezaron a adorar, «alcen sus manos», «alcen sus manos, no se avergüencen, sino Él se avergonzará de vosotros», «abra su boca, dígale algún cántico nuevo», realmente me dolían los brazos, pensaba más en el dolor que en la oración, pero sentía en mí que Jesús no me escucharía sino levantaba mis manos, comencé a pensar mal de mí mismo porque si le oraba Él haría que su Espíritu Santo relajara mis brazos, así como en la televisión, pero no era mi caso ¿qué estaba haciendo mal?

Terminó la adoración y empezaron las «alabanzas de júbilo», saltaban, daban vueltas, gritaban, se caían al piso, pero ¿y yo? Yo no sentía eso. A mi derecha estaba una señora aplaudiendo con los ojos cerrados, cantando, moviéndose en su propio sitio; justo entre ella y yo había una gotera, mojaba mucho y entre sus movimientos y el piso mojado yo tenía miedo que se resbalara, otra vez algo molestaba mi «adoración», osé en tocarle el hombro a dicha señora diciéndole sutilmente que tenga cuidado y su expresión fue como si mis palabras hubiesen sido declaraciones de guerra. Dijo lo siguiente: Acaba de espantarme el Espíritu.

Esas palabras determinaron mi estado espiritual por varias semanas, yo no sentía que estaba ni cerca de hablar en lenguas o danzar «en el Espíritu» y para colmo de males, tampoco dejé que otra persona sintiera eso, le había «robado la bendición». Me sentía muy mal, un condenado a no sentirlo, un rechazado de su gloria, ¿Estaba realmente salvo?, ¿Jesús me conocía?, ¿Por qué ellos y yo no?, preguntas tontas e injuriosas para conmigo y los demás comenzaron a revolotear en mi mente.

La prédica empezó y el pastor habló la mayor parte en «lenguas». Todos lo miraban maravillados, me dispuse a mirarlo igual aunque no sabía qué rayos decía.

Finalizó el culto y salí con sentimiento de culpa, pero no de arrepentimiento de mis pecados, sino de que algo estaba haciendo mal porque Dios no me aceptaba, no me daba ese privilegio, yo decía que no me daba esa «corriente» espiritual.

Ahora que leo la biblia, aprendo, estudio y escudriño su Palabra, me doy cuenta cuan irrespetuoso y errado era yo al pensar cosas que heredé del pastor de turno o de la niñez, aceptándolas por verdaderas y no teniendo ninguna base bíblica. Me arrepiento tanto no haber abierto mi biblia antes, no haber tenido la sed de verdad, ni las ganas de defender su hermoso evangelio, pero Dios es perfecto y Soberano, sabe a quién darle su gracia y fe, gracias a Él que me eligió sin merecerlo.

¿Por qué estaba errado?

  • El culto fue sólo gritería y desorden, la predicación fueron galimatías que por inercia las personas respondían con amenes convincentes aunque ignoraran la procedencia y significado de los desenfrenos del pastor. Pablo dijo: «pero hágase todo decentemente y con orden.» 1 Corintios 14:40.
  • No existe versículo que diga «no espantéis al Espíritu». Nada indica que Él caerá sobre mí porque me muevo o no, sino porqué es la voluntad de Él (1 Corintios 12:11). Lo que sí dice en Efesios 4:30 es «no contristéis (apagar) el Espíritu», pero se refiere a que ya siendo redimidos, no continuemos en nuestra vida de pegado.
  • La gracia del Señor y la voluntad de Él darme redención y Salvación, no depende de algo que yo hice, sino de su soberanía (Efesios 2:8-9).

Por ello les animo a examinar todo bajo la luz de la Palabra del Señor, no conformarse con la prédica de la televisión o el tuit del líder juvenil, sino ir a escudriñar las Santas Escrituras que es la que tiene la última palabra.

Efesios 4:14 Ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo.