• Compartir Google+

En la Escritura se encuentra un gran número de nombres que son aplicados a Cristo; algunos de los cuales señalan su ser esencial y otros sus naturalezas; algunos sirven para designar sus estados y otros sus oficios. Se le llama el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, varón de dolores, Señor de la gloria, el Mesías, el Mediador, el Señor, Profeta, Sacerdote y Rey. Cinco de sus nombres merecen especial atención, a saber, Jesús, Cristo, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios y el Señor.

  1. Jesús. El nombre «Jesús» es simplemente la forma griega del nombre hebreo Josué (Jos. 1:1; Zac. 3:1), del cual la forma regular en los libros históricos postexílicos es Jesúa (Esd. 2:2). Con toda probabilidad el nombre se deriva de la palabra hebrea «salvar». Esto concuerda totalmente con la interpretación del nombre dado por el ángel del Señor en Mateo 1:21. El Antiguo Testamento contiene dos personajes con el mismo nombre y que representaron una tipología de Jesús: Josué hijo de Nun, que prefigura a Cristo como el líder real, que logra para su pueblo la victoria sobre sus enemigos y los lleva a la Tierra Santa; y Josué hijo de Josadac, quien tipifica a Cristo como el gran sumo sacerdote que carga los pecados de su pueblo (Zac. 3:1).
  2. Cristo. El nombre «Cristo» en el Nuevo Testamento es equivalente al de Mesías en el Antiguo Testamento, y significa «el Ungido». En la antigua dispensación se ungía con frecuencia a reyes y sacerdotes (Éx. 29:7; Lv. 4:3; Jue. 9:8; 1 S. 9:16; 10:1; 2 S. 19:10). Se decía que el rey era «el ungido del SEÑOR» (1 S. 24:6). Se registra solamente un caso del ungimiento de un profeta (1 R. 19:16), pero probablemente haya referencia a ello también en Salmo 105:15 e Isaías 61:1. El aceite que era usado en el ungimiento simbolizaba el Espíritu de Dios (Is. 61:1; Zac. 4:1-6), y el propio ungimiento representaba una transferencia del Espíritu a la persona consagrada (1 S. 10:1, 6,10; 16:13, 14). Incluía tres elementos: (1) el nombramiento al oficio; (2) el establecimiento de una relación sagrada entre el ungido y Dios; y (3) una comunicación del Espíritu de Dios al iniciado en el oficio (1 S. 16:13). El Antiguo Testamento se refiere al ungimiento del Señor en Salmo 2:2 y 45:7, y el Nuevo Testamento lo hace en Hechos 4:27 y 10:38. Cristo fue preparado o designado para su oficio desde la eternidad, pero históricamente su ungimiento tomó lugar cuando fue concebido por el Espíritu Santo (Le. 1:35), y cuando recibió el Espíritu, especialmente en el momento de su bautismo (Mt. 3:16; Mr. 1:10; Le. 3:22; Jn. 1:32, 3:34). Le sirvió para capacitarlo para la gran labor que iba a realizar.
  3. El Hijo del hombre. La NVI traduce correctamente la expresión literal «Hijo del hombre» como «ser humano» en el Salmo 8:4, y como «con aspecto humano» en Daniel 7:13 (véase también 2 Esdras 13). La misma expresión se usa con frecuencia para designar al profeta Ezequiel (Ez. 2:1, 3, 6, 8, etc.). El Nuevo Testamento usa esta frase para referirse a Cristo. Por lo general, en la actualidad se admite que esta manera de referirse a Jesús se deriva de Daniel 7:13, aunque este pasaje usa la expresión como un apelativo descriptivo y no exactamente como un título. La frase más común que Jesús usó para describirse a sí mismo fue «Hijo del hombre». La usó exclusivamente en más de cuarenta ocasiones; las únicas excepciones en las que otras personas la usaron aparecen en Juan 12:34; Hechos 7:56; Apocalipsis l:13yl4:14. El nombre, por supuesto, expresa la humanidad de Cristo, y se usa algunas veces en pasajes en los que Jesús habla de sus sufrimientos y su muerte; pero también sugiere claramente la singularidad de Jesús, su carácter sobrehumano y su futura venida en su gloria celestial (Mt. 16:27, 28; Mr. 8:38; Jn. 3:13,14; 6:27; 8:28). Algunos opinan que Jesús prefirió este nombre a otros porque era poco comprendido y servía inmejorablemente a los propósitos de encubrir su carácter mesiánico. Sin embargo, es más probable que haya preferido este nombre porque no promovía ninguna de las interpretaciones erróneas del carácter mesiánico que eran comunes entre los judíos.
  4. El Hijo de Dios. El nombre «Hijo de Dios» se usa de varias formas en el Antiguo Testamento. Se aplica a Israel como nación (Éx. 4:22, Os. 11:1); al rey prometido de la casa de David (2 S. 7:14; Sal. 89:27); a los ángeles (Job 1:6; 38:7; Sal. 29:1), y al pueblo piadoso en general (Gn. 6:2; Sal. 73:15; Pr. 14:26). En el Nuevo Testamento Jesús se adjudicó este nombre. Sus discípulos e incluso los demonios ocasionalmente usan este nombre para dirigirse a él o para describirlo. Este nombre, tal como se aplica a Cristo, no siempre posee la misma connotación. Se usa de las siguientes maneras:
    1. En el sentido natal, es decir, para indicar que la naturaleza humana de Cristo tiene su origen en la actividad directa y sobrenatural de Dios, y más particular, del Espíritu Santo. Este hecho se expresa claramente en Lucas 1:35.
    2. En el sentido oficial o mesiánico, como una descripción del oficio y no de la naturaleza de Cristo. Al Mesías se le llama con frecuencia el Hijo de Dios en calidad de heredero y representante de Dios. Los demonios usaron evidentemente el nombre de esta manera (Mt. 8:29). El nombre parece tener también este significado en Mateo 24:36 y Marcos 12:32. Existen algunos pasajes en que se combina este significado con el que sigue a continuación.
    3. En el sentido trinitario, el cual sirve para designar a Cristo como la segunda persona de la Trinidad. Éste es el sentido más profundo en que el nombre es usado. Es muy probable que Jesús mismo constantemente empleara el nombre en este sentido particular. Es obvio que así fue usado en Mateo 11:27; 14:28-33; 16:16; 21:33-46; 22:41-46; 26:63, y en los pasajes paralelos en los demás evangelios. En algunos de los pasajes indicados también encaja, en mayor o menor grado, la idea de la filiación mesiánica.
  5. El Señor. El nombre «Señor», tal como se aplica a Cristo en el Nuevo Testamento, posee también varias connotaciones.

    1. En algunos casos, se usa sencillamente como una forma cortés y respetuosa de dirigirse a Jesús (Mt. 8:2; 20:33). En dichos casos, la palabra equivale prácticamente a la forma convencional que usamos para dirigirnos a alguien (p. ej., «disculpe, Sr. Pérez…»).

    2. En otros pasajes, posee un sentido de propiedad y autoridad, sin dar a entender el carácter divino de Cristo y su autoridad en cosas espirituales y eternas (Mt. 21:3; 24:42).

    3. Finalmente, existen pasajes en el que expresa el carácter exaltado de Cristo, su suprema autoridad espiritual y equivale prácticamente al nombre de Dios (Mr. 12:36, 37; Le. 2:11; 3:4; Hch. 2:36; 1 Co. 12:3; Fil. 2:11). No es sino hasta después de la resurrección que el nombre se aplica a Cristo para indicar el hecho de que él es el amo y el soberano de la iglesia, aunque existen ejemplos que demuestran que el nombre ya traía este significado incluso antes de la resurrección (Mt. 7:22; Le. 5:8).

 


Manual de Doctrina reformada, Luis Berkhof.