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El Sermón del Monte es una de las mejores (por no decir la mejor) enseñanzas que habrán existido, el simple hecho de ver a Nuestro Rey abrir su boca para hablar estas palabras lo hace perfecto.

Pero, ¿Qué significan las Bienaventuranzas? ¿Qué fue lo que nuestro Señor Jesucristo quiso decirnos al llamarnos «Bienaventurados»? Son bendiciones que el Señor nos promete dar, pero siempre y cuando vivamos conforme su Palabra. Las bienaventuranzas son los principios o valores del reino de Dios; es el espíritu del evangelio. Cada bienaventuranza es un rasgo del carácter de Cristo y una huella de su obra en la vida de sus discípulos, no está de más indicar que ninguna de estas características podemos obtenerlas por mérito propio, son más bien la recompensa por el sometimiento y obediencia a Dios.

Cada punto de las bienaventuranzas refleja el carácter de Cristo.

La palabra Bienaventurado es traducción del adjetivo griego Makarios «feliz», «dichoso». La traducción castellana de Makarios, Bienaventurados, tiene una etimología que va a un sentido de tener buena suerte, esto es, tener buena ventura, irle bien.

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Es completamente normal (ante la mirada del mundo) que cuando se lea “pobre” se lo asocie a carencia de bienes materiales, pero aquí nuestro Señor está muy lejos de referirse a eso; cambiemos por un momento el orden de la frase: El reino de los cielos es de aquellos que son pobres de espíritu y ellos serán (la consecuencia) bienaventurados. Existe un orden, una promesa que se dará si somos: pobres de espíritu. Esto es: No hacer nada fuera de Dios (Jn.5:19,30)

El término original de pobres es Ptöchoi es aplicado igualmente en Lucas 16:20 que significa agacharse o ponerse de cuclillas; esto es una adoración, es entender nuestra deplorable naturaleza, que somos pobres espiritualmente –en realidad en todos los aspectos– y que Dios en su maravillosa misericordia desea ofrecernos una remisión de nuestros pecados.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. En el mundo buscamos lo necesario para evitarnos el dolor y el llanto, mientras que Jesús dice que para poder entrar al Reino de los cielos es necesario derramar muchas lágrimas.

¿Qué es lo que estruja el corazón al punto del llanto que es capaz de captar Su atención? Ante todo es necesario ver el pecado de la misma manera en como Dios lo ve, el pecado es rebelión contra su Autoridad, es desdicha, es insatisfacción, es impiedad y también es dolor; es lo que Él ve cada día en los corazones corruptos. Aquellos que mediante el Espíritu Santo comprenden lo que el pecado hace en el mundo, y en sus vidas –llevarlas al sufrimiento eterno– sienten ese temor y dolor, al punto de quebrantarse complemente, y es que el llanto es inevitable cuando nos hallamos frente a la santidad de Dios y descubrimos que no somos buenos, que no merecemos nada, y aún así el Señor pagó el precio de nuestra redención por amor.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. La mansedumbre aquí descrita por Cristo no es una característica moral, es decir que no es algo caritativo, ni tampoco significa ser callado ante la humillación general, no es sinónimo de tener carácter débil.

En el Antiguo Testamento se describe a Moisés como el hombre más manso, (Números 12:3) el mismo que sacó a todo un pueblo de la esclavitud, el mismo que escuchó a toda una nación renegar por no tener que comer, fue conocido por Dios como un nombre lleno de mansedumbre; nuestro Señor se describe a sí mismo como «manso y humilde» (Mateo 11: 29) esta mansedumbre no es una cualidad humana, es un fruto del Espíritu Santo y como todo fruto (Gálatas 5: 22-24) debe pasar por el proceso correcto –tribulaciones– para que este florezca y como consecuencia produzca hombres cuya fuerza y convicción proviene de Dios; guerreros sabios, templados y espiritualmente fuertes capaces de oír la voz de Dios y obedecer su voluntad sin refutar.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Como seres humanos tenemos la necesidad vital de comer y beber para vivir, como creyentes y fieles discípulos de Cristo esa no es nuestra necesidad primaria (Mateo 4:4) esta hambre nace de la dependencia que se tiene con Dios (Isaías 55: 1-2), mientras más dependiente somos, más hambre tendremos de su Palabra, más sed de su Santidad, más querremos ser como el modelo perfecto, Jesucristo.

Y es promesa de Dios, que mientras más lo busquemos seremos saciados de Él (Mateo 7: 7-8), en ningún momento es una obligación de Dios darnos, es una dádiva que Él nos ofrece, una recompensa y aquella produce gozo Makarios

Quien desea  más de Dios busca de Él, esto no es un anhelo superficial de leer la Biblia o asistir todos los días a la Congregación, sino de un cambio radical que nace ante la irrefutable evidencia de que somos nada, que estamos muertos y que es necesario nacer de nuevo, y únicamente el Espíritu Santo de Dios puede lograrlo mediante la constancia del alimento divino, su Palabra.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Entre los sinónimos de la palabra «Misericordia» están piedad, bondad, comprensión que es lo que Dios nos ofrece día tras día, nosotros debemos sentirla y actuar con nuestro prójimo (hermanos u enemigos) de la manera en como Dios actúa con nosotros. Por naturaleza, la piedad, bondad y comprensión hacia los demás jamás vamos a poder sentirla, no de la misma manera en que Cristo nos la ofrece a nosotros, por eso es necesario que primero la experimentamos –nos quebrantemos–, haciendo a un lado la dureza e inflexibilidad de nuestro corazón. Por lo que, sin esta experiencia espiritual personal es imposible dar misericordia.

Así como Jesús, que en carne propia experimentó el quebranto, sobre Él fueron nuestras enfermedades, dolor y desesperación, sufrió la paga del pecador (Isaías 53: 2-6), aunque la muerte debió ser para nosotros (Romanos 6: 23), fue tal su amor, que tomó nuestro lugar (Juan 3: 16-17). Esta es la mejor descripción de misericordia.

La misericordia de Dios toma al hombre en ruinas, lo limpia, lava, purifica, pule y lo llena de bendiciones. Ser misericordioso es amar, pero este amor es plena y puro, es el amor de Dios que nos inunda y nos permite actuar piadosamente con los demás, así como Él lo es con nosotros.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. El pecado ciega y nos aleja de Dios, es así como habíamos estado, lejos de su Santidad porque nuestra pecaminosidad nos imposibilitaba acercarnos a su trono.

Los fariseos y escribas jamás pudieron ver que a quien crucificaron fue el Hijo de Dios prometido, aquél que vendría a predicar la buena nueva (Isaías 61: 1-2) su corazón no podía estar más lejos de Dios (Jeremías 17: 9), tergiversaron las leyes al punto de convertirlas en meros actos religiosos olvidando lo importante, la pureza del corazón, es por esta razón que Jesús los atacó duramente (Mateo 23: 13).

Un corazón limpio no se trata de obras ni formalismos, no se trata de caridad a los demás, ni “ocupar un puesto” en la congregación a la que asistes, todo esto es necesario hacerlo (Santiago 2: 17-18), pero en nada contribuye a mi Santidad (Efesios 2: 9). Un corazón limpio es un nuevo nacimiento (Juan 3: 3), es estar lleno de Espíritu Santo, es buscar a Dios, adorarle constantemente mediante nuestras acciones, no simplemente de palabras.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Qué decepcionante fue para muchos judíos de aquellos días oír esto, interpretaban que su Mesías prometido iba a ser un líder militar, un conquistador por la fuerza, alguien como lo fue David.

Jesús no vino al mundo para ser una figura prominente, no vino a impactar por los milagros (como muchos charlatanes pretenden actualmente) que Él hacía, aquellos sólo eran una muestra de su divinidad. Él vino al mundo para redimirnos y así lo hizo, cumplió a cabalidad su propósito sin hacer shows.

Sus discípulos eran hombres rudos, e incluso iracundos (Marcos 3: 17), cuando llamó a los doce discípulos, sabía qué clase de hombres eran, pescadores, iletrados, duros de corazón, recaudadores de impuestos, perseguidores de la Iglesia, hombres que dentro del círculo de Fariseos y Escribas jamás serian vistos ni llamados “Pacificadores” aún así estos escribieron sus cartas con tanto amor por sus hermanos cristianos, iniciaban con “Hijitos míos” (1 Juan 2: 1) como lo hace Juan o “Amados” (1 Pedro 4: 12) como lo hace Pedro, con saludos llenos de paz como los que hace Pablo (2 Tesalonisenses 1: 2).

Estos son los Hijos de Dios, hombres llenos del amor de Dios, llenos de Su Paz, no siendo de su antigua naturaleza ni usando frases como “Se me quiso salir el viejo hombre” sino más bien siendo conformados plenamente a la imagen de Cristo que no existe nada que los haga retroceder.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. No existe ningún cristiano en el Nuevo Testamento que no haya sido perseguido por hablar las palabra de Jesús, todos los que lo siguen, los que los obedecen, y se rigen a Su palabra, son y serán perseguidos, en otros casos, serán asesinados a causa del nombre de Cristo.

Existe una diferencia muy grande a la persecución que se padece por ser discípulo de Cristo frente a la que tienes cuando cometes actos contrarios a las leyes del hombre. Es lamentable escuchar “Pastores”, “Maestros” pseudo “Doctores” de la palabra de Dios que desvían completamente al cristiano de las Escrituras, les enseñan vanamente que “Como Hijos de Dios” el diablo “no puede” tocarnos, esto es una mentira pues la palabra dice:

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. – Santiago 4:7

Por tanto el diablo podrá tocarnos físicamente como lo hizo con Job, pero nuestra alma no la podrá tocar, pero todo aquello podremos resistir sola y únicamente si estamos plenamente sometidos a Dios, no existe otro método; no hay que atar, ni declarar mucho menos decretar que el diablo huya de nosotros, eso sólo sucederá cuando hayas pasado satisfactoria la tribulación que Dios propuso para nuestro moldeamiento.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. ¿Qué dicha puede existir si somos perseguidos? Ciertamente ninguna para que el que la ve con los ojos del mundo, pero para un hijo de Dios, es un gozo indescriptible saber que hablan mal de ti sólo porque “Juzgas a los demás” porque “Criticas las denominaciones” porque “Hablas mal de los evangelistas faranduleros de Enlace TV” porque no te quedas callado ante hombres que benefician mintiendo a las ovejas, pero de igual manera existe una tristeza profunda al ver hermanos defender a su pastor favorito o un canal lleno de blasfemias contra la preciosa ¡Palabra de Dios!

Para el reino de las tinieblas los cristianos fieles, siempre serán una amenaza. ¿Es usted un verdadero cristiano padeciendo persecución? O se siente “dichoso” porque el diablo no le hace nada.

He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo. – Santiago 5:11

CONCLUSIÓN

A muchos hermanos les han mentido y otros gustan de creer esas mentiras, pues la Palabra es clara en cuanto a sus mandamientos y testimonios, nadie puede entrar al reino de los cielos sin padecer, pues la marca de un cristiano es el gozo en medio del sufrimiento, si usted es de los que gustan tener posesiones materiales y piensa que como hijo de Dios, no “debe” sufrir persecución, ni padecer ningún tipo de sufrimiento, examine su vida y sus actitudes, la vida que exige Cristo no es fácil, el camino de santidad que debemos llevar, no es un cambio superficial, es 100% espiritual.

Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:12)