Gálatas: salvación, justificación, libertad y Espíritu Santo.


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Gálatas y la salvación de Cristo

Gálatas empieza con la obra de Cristo en la cruz trajo la salvación (1:4). La muerte redentora de Cristo es la solución de la miseria del pecado y la única opción del hombre para ser justificado. Esta verdad es la base del Evangelio y la piedra angular en la argumentación de Pablo (2: 19; 3: 10-14). Cristo llevó sobre sí la maldición que caía sobre todo aquel que no cumplía la Ley. Sufrió el castigo en nuestro lugar (1:4; 2:20). Así la Ley se cumplió, se dio satisfacción a sus demandas, y gracias a Cristo la maldición quedó sin efecto para todo aquel que cree (3:13).

La gracia triunfa sobre la Ley. La fe en Cristo es lo único que se requiere para ser salvo, sin las obras de la Ley, sin la circuncisión, sin tener en cuenta el status étnico-religioso, social o biológico del creyente (3:24-29). La cruz de Cristo es suficiente (6:14).

Gálatas y la justificación por gracia mediante la fe.

La obra divina que trae la salvación al hombre, es motivada por el amor (2:20) y la gracia de Dios y de Jesucristo (1:3, 6, 15; 2:21; 5:4; 6:18). La salvación es un regalo divino sin méritos por parte del hombre. La única forma de obtener la salvación es la aceptación de Cristo y su obra por medio de la fe.

Solo por los méritos de Cristo el pecador recibe el perdón y resulta justificado ante Dios. Aquí late el corazón del Evangelio. La Ley no sirve para ser salvo o justificado, y la circuncisión no es necesaria; es más: ambas se convierten en contraproducentes. Así lo evidencian las Escrituras que hablan de la fe de Abraham, que había vivido antes de la Ley (Gal. 3:6-9, 14, 17).

Aquel antiguo patriarca había obtenido la justicia solo por su fe (Gn. 15:6), no por la Ley ni por la circuncisión. Y la bendición prometida a Abraham (Gn. 12:3; 18:18), que incluyó explícitamente a las «naciones» (los no judíos), se cumple en Cristo (Gal. 3:14, 22:16, 29). Por lo tanto, por la fe en Cristo todos los creyentes, judíos o gentiles, son partícipes de la bendición de Abraham (Rom. 4:3-12).

El creyente es linaje de Abraham con todos los derechos (3:29), y por consiguiente, heredero y partícipe de las promesas (3: 14, 22). En consecuencia, es solo mediante la fe que el pecador es justificado ante Dios (2: 16; 3:24; Rom. 3:22, 28), que es hijo de Dios (3:26) y que forma parte de Iglesia universal de los creyentes (3:27), participando de las bendiciones en Cristo (3:14). El creyente puede gozarse en la verdad de que la muerte de Cristo es su muerte, la vida de Cristo es su vida (Gal. 2:19), y la justicia de Cristo es su justicia (1 Cor. 1:30; 2Cor. 5:21; Fil. 3:9).

Gálatas y la libertad cristiana.

En este contexto Pablo desarrolla el concepto de la libertad («libre, libertad» en 2:4; [3:28]; 4:22, 23, 26, 30, 31; 5:1, 13), que no significa una ruptura absoluta con toda norma (anarquía), sino una libertad de la esclavitud de la Ley y de toda forma de legalismo (2:4; 3:25; 5:1, 13, 18; Rom. 6:14 [11-20]; 7:4, 6 [1-6]; 1Cor. 8:9; 2 Cor. 3:6, 17). Sin embargo, liberado de la Ley como instrumento de salvación, el creyente no utilizará esa libertad para vivir sin moral (5:13), en desenfreno y camalidad, celo y odio, y dominado por el egoísmo (5:15, 19-21, 26).

Al Contrario, por el poder del Espíritu Santo el creyente es capaz de superar los impulsos de la carne (5:16-18). Porque cuando Cristo murió en la cruz, murió también el viejo hombre, con sus deseos y prácticas carnales (2:19; 5:24). Es libre del poder del pecado (5:24; Jn. 8:32; Rom. 6:18; 8:2, 21). Se ha revestido de Cristo (3:27). El Cristo resucitado es su vida.(Gal. 2:20; Rom. 6:4; Fil. 1:21; Col. 1:27).

Gálatas y la vida en el Espíritu.

La nueva norma de vida para el creyente ya no es la Ley Mosaica, sino el Espíritu (5: 18), que da el poder y la capacidad de cumplir con la «ley de Cristo» (6:2) que se manifiesta por el amor (5:6, 13, 22). Bajo la Ley Mosaica, nunca podrían tener éxito los esfuerzos humanos para vivir en amor y santidad. Pues si bien es cierto que esta trata de contener y menoscabar los deseos pecaminosos de la carne, nada puede proveer en realidad para cumplir con sus propias exigencias.

A pesar de que su esencia es el mandamiento del amor (5:14), no tiene la capacidad de crear y transmitir ese amor. La naturaleza de la Ley consiste solo en exigir obediencia y castigar las infracciones. Pero ahora, bajo el gobierno del Espíritu (5:18), nace y crece en el creyente el «fruto» del Espíritu (5:22). El amor y sus virtudes ya no son resultado de esfuerzos humanos, como se pretende bajo la Ley, sino que son suministrados por el mismo Espíritu (5:22; Rom, 5:5).

Ya no se trata meramente de reducir o limitar excesos de la carne, sino que el creyente experimenta una transformación progresiva en su carácter y en todos sus hábitos (Gal. 4: 19). Recibe el poder y la capacidad de vivir como Dios quiere que viva, y así va creciendo en la gracia y avanzando en la santificación. El Santo Espíritu trae consigo la santidad. En este contexto es necesario distinguir entre dos aspectos de la santificación: suposición y su exposición.

La última sección de Gálatas (caps. 5-6) acentúa el segundo. El primer aspecto consiste en el hecho irreversible de la santificación como Obra: de Dios concluida y definitiva, sin contribución humana, igual que la justificación (1 Cor. 1:2.30; 1 Cor. 6:11). El creyente ya es santificado, es una posición otorgada por Dios y por tanto asegurada. Ha recibido el Espíritu Santo que vive y obra en él (3:2-5; 4:6; 5:5, 16-25; 6:8). No obstante, la santificación es también una responsabilidad y un desafio para el creyente (2 Cor. 7:1; 1 Tes. 4:3.7; Heb. 12:14; 1 Pd. 3:15), que implica una progresión. Debe llevarse a la práctica (Gal. 5:25).

La nueva vida en el Espíritu, el fruto del Espíritu, ha de concretarse en la existencia cotidiana, en el carácter y en los hábitos, sobre todo en las relaciones con los demás (5:13, 26-6:10). La fe se manifiesta en una conducta de amor (5:6), y con eso demuestra su genuinidad y vitalidad. Es un proceso continuo, un crecimiento en el Espíritu, cuya meta es que Cristo transforme al creyente (4:19; Rom. 8:29; 2 Cor. 3:18).

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