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La justificación mediante la fe, don divino por excelencia, abre el camino a la superabundante riqueza de Dios resultante de la gracia. Gracia que debe ser entendida como la actitud favorable y amorosa de Dios Padre que acoge al pecador, le invita al banquete de bodas de su Hijo y le viste con sus mejores galas. En la justificación es Dios quien se comunica con el hombre pecador y, mediante este toque santificador que se realiza en la fe del hombre, le declara justo, absuelto de todas sus deudas, auténticamente perdonado y como tal, listo para comenzar de nuevo y disfrutar de la herencia de la vida eterna. Es una obra completamente trinitaria. El Padre entrega al Hijo; el Hijo se entrega a sí mismo en sacrificio de expiación: el Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, aplica la salvación regenerando y transformando desde dentro, de tal manera que el pecador se «convierte en alguien que antes no era y ahora existe en realidad» (K. Rahner)

Más allá de la declaración judicial de perdonado, absuelto, justificado, que no pasan de ser meras analogías humanas, la justificación introduce en una experiencia personal con la divinidad de carácter transformador y totalmente liberador. El hombre pasa a ser posesión de Dios: «Yo te he redimido. Te he llamado por tu nombre; tú eres mío» Is. 43.1. esta nueva realidad que la justificación hace posible se describe en términos familiares de adopción, filiación, herencia, admisión en la familia de Dios, etc.

De este modo, la justificación es mucho más que un término forense, es una palabra de aceptación por parte de Dios que introduce al invitado a la comunión con Él. E lcreyente justificado es revestido de Cristo, indicando así, por vía de analogía, su nuevo estatus espiritual configurado a imagen de Cristo (Ro. 8:29; cf. Col. 3:10). También se puede describir de un modo atrevido como «participación en la naturaleza divina» (2 Pd. 1:4). Por lo mismo, a la justificación le sigue la regeneración y la santificación como parte de un proceso salvífico que culmina con la glorificación final del ser humano en su totalidad: «Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención» 1 Cor. 1:30. «Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Pero sabemos que cuando él sea manifestado, seremos semejantes a Él» 1 Jn. 3:2. El resultado objetivo de la justificación, pues, es la puesta en marcha de un poder de transformación que conduce a la justicia y la santificación que comienza y se realiza en la existencia de cada individuo creyente. El Dios trino impulsa al creyente a obedecer su voluntad y le dota además de aquellos frutos espirituales, virtudes y ejemplos que contribuyen a la formación del nuevo hombre en Cristo.

Es un pensamiento exultante que se repite en otros lugares: «Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación» (Ef. 2:14). La fe del justificado no es la que corresponde al orden natural de este mundo, en cuanto expresión de una creencia, sino que ella misma es un don obrado por Dios que conduce a la esperanza de gloria. El amor de Dios es derramado en los corazones por el Espíritu Santo (Ro. 5:5), nutriendo así la fe y la esperanza, como se dice en 1 Cor. 13:4-13).

Desde ahora y para siempre, el cristiano, justificado por la sangre de Cristo y por su fe en él, funda su vida sobre paz y amor al Padre cuya garantía es la presencia del Espíritu en su interior.