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Del lat. fidelitas, con el significado de «lealtad», de fidelis = «fiel»; y este de fides = «fe»; corresponde al griego pistis, «fe, confianza, fidelidad», y se opone a la «infidelidad» o falta de fe, «incredulidad»: «¿Qué, pues, si algunos de ellos han sido infieles? ¿Acaso podrá la infidelidad de ellos invalidar la fidelidad de Dios?» (Ro 3:3), y al hebreo emunah, lit. «firmeza, fidelidad». Este vocablo se encuentra en púnico (Cartago, ciudad de África) como «certeza». Aparece 49 veces en el AT, principalmente en los Salmos; y émeth = «estabilidad, fidelidad» (2 Sam. 15:20; 32:1; Sal. 138:2). En todos los pasajes donde la palabra se refiere al hombre, la LXX (Septuaginta) traduce pistis, pero donde se refiere a Dios, traduce alétheia («veracidad, confiabilidad»), por ejemplo: «Porque recta es la palabra de Yahvé, y toda su obra ha sido hecha con verdad» (Sal. 33:4).

En el AT es uno de los atributos destacados de Dios junto con la misericordia. Imágenes como «roca», aplicada a Dios (Dt. 32:4), describen simbólicamente la inmutable fidelidad divina, la verdad de sus palabras, la solidez de sus promesas. Dios no miente ni se retracta (Nm. 23:19). Pide a su pueblo fidelidad a la alianza que él renueva libremente (Dt. 10:20; 30:20; Jos. 24:14); los sacerdotes deben ser especialmente fieles (1 Sam. 2:35).

Los salmos no se cansan nunca de alabar la fidelidad de Dios, fundamento de la esperanza del justo. «Señor, tu amor llega hasta el cielo, hasta las nubes tu fidelidad» (Sal. 35:6; cf. 56:11; 33:4). La fidelidad de Dios se muestra especialmente en el hecho de que siempre acoge de nuevo al pueblo infiel (Os. 3:2). Dios «no falsea su fidelidad», ni cuando sus hijos dejan su ley y no caminan en sus juicios; castiga su rebelión, pero no retira su misericordia: «No profanaré mi pacto, ni cambiaré lo que ha salido de mis labios» (Sal. 89:29-37), hasta tal punto Dios es fiel a sí mismo: «De mi boca sale una sentencia, una palabra irrevocable» (Is. 45:23; cf. 2 Tim. 2:13). Pero Israel, escogido por Dios, nunca fue un siervo fiel, desde los días pasados en el desierto (Sal 78:8), hasta el mismo momento de la cautividad, Israel permaneció ciego y sordo (Is. 42:18).

La fidelidad se establecerá en la era mesiánica (Is. 11:5). En el NT Jesús es presentado como el que cumple las expectativas proféticas. «La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn. 1:17). Aquí, «gracia» corresponde al heb. Jésed («misericordia, benignidad»), sinónimo de emunah, que en este pasaje se traduce por «verdad». Por este motivo, Jesús es representado como el siervo fiel anunciado en la profecía de Is. 42:1. Él es el «Fiel» y «Verdadero» (Ap. 19:11), que vino a cumplir la Escritura y la obra de su Padre Dios (Mc. 10:45; Lc. 24:44; Jn. 19:28, 30). Por él son mantenidas todas las promesas de Dios (2 Cor. 1:20). En él están la salvación y la gloria de los elegidos (2 Tim. 2:10); por él los creyentes son fortalecidos y perseveran fieles hasta el fin (cf. 1 Cor. 10:13. 1 Tes. 5:24; 2 Tes. 3:3)