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La naturaleza del viejo hombre es una expresión que ofrece un marcado contraste entre el hombre pecador que vive ajeno al plan de Dios y según los dictados del mundo, y el que por la gracia de Dios vive y renace a una nueva creación. El viejo hombre, representa la vieja creación caída en el pecado; el «nuevo hombre», representa la nueva creación por obra y gracia del Espíritu Santo, que actúa en los creyentes (Ro. 6:6; Ef. 4:22; Col 3:9; 2 Cor. 5:1) y cuyo resultado es el «hombre interior», o para mayor abundancia: «el hombre interior del corazón» (1 Pd. 3:4; Ef. 3:16), adorador en «espíritu y verdad», en contraste con el «hombre visible, externo» (Ro. 7:22; 2 Cor. 4; 16), de religiosidad exterior y formalista. Ya en el Antiguo Testamento hallamos enseñanzas que apuntaban a la realidad del «hombre nuevo» sacado a la luz por el Evangelio. El profeta Ezequiel anuncia la renovación por el Espíritu (Ez. 36:26-27): «adquirid un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (Ez. 18:31), que prefigura el mensaje de Cristo.

El apóstol Pablo explica: «Nuestro hombre viejo ha sido crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado y ya no sirvamos al pecado» (Ro. 6:6). Para el Apóstol, el hombre viejo es el hombre esclavo del pecado, el hombre en su estado anterior a la nueva vida en Cristo; el cuerpo es considerado aquí como el instrumento, el órgano por el que el pecado actúa y vive. La vida nueva en Cristo, que es la aspiración al cielo, se contrapone a las aspiraciones de los «miembros terrenales», osea  fornicación, impureza, pasiones, apetitos desordenados, codicia, idolatría, cosas que son objeto de la ira divina; así se vivía en la gentilidad. La consecuencia es: «Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador» (Col. 3:5-10; Ef. 4:22-24).

El hombre viejo es para Pablo el hombre que ha desfigurado la imagen de su Creador y que ahora vuelve a ser modelado a imagen del «Hombre Nuevo», Cristo Jesús, mediante la obra del Espíritu.

La contraposición entre el hombre viejo y el nuevo encuentra su raíz última en el binomio Adán – Cristo. Jesús resucitado es el «último» Adán. El primero es terrenal, el segundo es espiritual (1 Cor. 15:45). Un precedente puede verse también en la contraposición entre el hombre exterior que se corrompe, y el hombre interior que se renueva de día en día (2 Cor. 4:16; 5:17).