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En el Antiguo Testamento, la nomenclatura para los demonios es variada y extraña: se llaman shedim (señores) en Dt. 32.17, y es probable que sh˓rim en Is. 13.21, lilit en Is. 34.14 (ambas palabras se traducen como cabras en RV) y Azael (Lv. 16.10–22) se refieran a demonio. En el judaísmo tardío y en el rabinismo aparecen los demonios más explícitamente como seductores de las personas y enemigos de Dios. Se trata de ángeles caídos (cf. Jud 6), a veces relacionados con los «hijos de Dios» de Gn. 6.1–4.

La mención de la actividad demoníaca en el Nuevo Testamento se concentra en los Evangelios, como si la irrupción especial del ministerio terrenal de Jesús provocara mayor oposición satánica. Frente a la evidencia de los milagros del Señor, sus enemigos lo acusaron de «tener un demonio» (Jn. 7.20; 10.20), pero, al contrario, Jesús actuaba con autoridad propia «desatando» a los dominados por Satanás (Lc. 13.10–17). Su poder sobre los demonios confirmó que Él es el «más fuerte», que entró en la casa del «fuerte» [Satanás], lo ató, y ahora «saquea sus bienes [los demonios]» (Mc. 3.27). El poder de Jesús sobre los demonios señalaba la llegada del Reino de Dios (Lc. 11.20).

La magia en el mundo greco-romano

Varios tipos de prácticas mágicas florecieron en el mundo greco-romano. Conjuros, encantos, amuletos, podones y hasta muñecos tipo vudú se usaban para procurar el favor de los poderes sobrenaturales. Las fronteras de lo mági­co eran difusas; algunas «pociones mágicas» pue­den haber sido intentos legítimos de farmacolo­gía, aunque ciertos «conjuros mágicos» tenían un fuerte componente de oración y adoración.

No obstante, la idea de la magia para mani­pular a los seres espirituales para el beneficio personal todavía representa esta espiritualidad clandestina.

En los conjuros se empleaban varios mate­riales, desde cabellos de la persona amada hasta excremento de babuino o ratoncillos de campo ahogados. Estos elementos, combinados con las prácticas rituales «correctas» y las palabras má­gicas apropiadas, supuestamente garantizaban la condescendencia de la deidad que llevaría a cabo la tarea. Las palabras podían ser sílabas sin sentido o nombres secretos de los dioses. Era común que tales hechizos terminaran con una orden abrupta como: «¡Ahora!, ¡ahora!, ¡hazlo!».

Demonios: magia e idolatría.

El Nuevo Testamento demuestra dos realidades en relación a los espíritus malos:

  • Jesús por si mismo (Lc. 4:41) tiene poder absoluto sobre ellos, sin embargo, esto era un asunto de autoridad divina, no de magia ni de brujería.
  • El Nuevo Testamento se mofa de los intentos de los magos al describir su incapacidad de lidiar con los espíritus reales. Los esfuerzos fallidos de Simón el hechicero (Hch. 8:9-24) y los hijos de Esceva (Hch. 19:14-16) para obtener autoridad apostólica, ilustran el punto de que los milagros del Nuevo Testamento no tienen nada en común con la magia antigua.

Jesús no hizo uso de los espíritus demoníacos y no buscó emplearlos para que cumplieran su mandato. Según 1 Ti. 4.1 los demonios atentan contra la sana doctrina y en 1 Co. 10.20, Pablo compara el culto a los ídolos con el tributo a los mismos demonios en su esencia (Ap. 9.20).